Al llegar los españoles a Cusco, estos sometieron a los inkas a trabajos forzados, pero los inkas supieron mantener su dignidad en medio de los avatares de la conquista. Diego, un indio que fue castigado por los españoles decidió escapar hacia Huanca y oró todo el día Padre Nuestro y Ave María, para que no lo encontraran; sólo el poder de Dios hizo que Diego no sea encontrado, hasta que por fin llegó la noche y de pronto una luz lo deslumbro ante sus ojos. Era Jesucristo sangrante por los azotes recibidos, Diego estaba embargado por una emoción divina y permaneció inmóvil, casi fuera de si, adorando a su redentor. Diego decidió enviar un pintor a Huanca. Uno de los más afamados pintores de la escuela cusqueña fue elegido para esta privilegiada labor. Diego Quispe informó al pintor de todos los detalles de la aparición y pintó sobre la roca viva la figura de Cristo, al hacer su trabajo parecía que una mano divina lo guiaba. De ese modo, el retrato del señor de Huanca inició una piadosa tradición que algunos indígenas del lugar realizarían casi en secreto. [More] [Less] |